La desmundialización no es una mala palabra. Frédéric Lordon


La desmundialización no es una mala palabra. Frédéric lordon (25-27)
Le Monde Diplomatique, vol. 103. Agosto 2011

Como encaramados sobre un vagón de una montaña rusa, las economías occidentales se bambolean de crisis en crisis. Las reuniones y cumbres "excepcionales" donde se juega la suerte del país, de un continente, constituyen ya una rutina de los máximos responsables políticos. Pero ante este panorama se abre un  posible camino de acción que parece prohibido. ¿Quién le tiene miedo a la desmundializción?
Al comienzo las cosas eran simples: estaba la razón (con Alain Minc en el centro)-, y luego estaba la enfermedad mental. Los razonables habían establecido que la mundialización era la realización de la felicidad, y todos aquellos que no tenían el buen gusto de creer en ella estaban para ser encerrados. Una “razón” que, sin embargo, enfrentaba un pequeño problema de coherencia interna porque, aunque pretendía ser el ideal de la discusión conducida según las normas de la verdad y del mejor argumento, prohibió metódicamente cualquier debate durante dos décadas y sólo permitió abrirlo ante el espectáculo de la mayor crisis del capitalismo.
Digamos enseguida que en este caso “la razón” no es una entidad etérea. Es, más bien, del orden de un aparato: economistas serviles, medios de comunicación que asumen una misión, grandes empresarios siempre abiertos al pluralismo con tal que dijera lo mismo, oligarcas socialistas convertidos y, por eso mismo, más “creíbles”, como lo fueron los anabaptistas. Le Monde no duda en expresarse para desear la “bienvenida al gran debate sobre la desmundialización” y lo abrió (a manera de bienvenida, sin duda) con una tribuna que explicaba que la desmundialización es “absurda” y, para una equidad en los puntos de vista, una entrevista que certificaba que es “reaccionaria”; en efecto, no son lo mismo y ambas merecían ser mencionadas.
La temporalidad de la macroeconomíaa hará que los terribles efectos de la mega-austeridad europea se haga sentir realmente en Francia a partir del primer semestre del 2012. En el cruce entre el delirio de las finanzas, de las políticas económicas bajo tutela de los mercados y de las dislocaciones que siguen durante la crisis, la mundialización promete mostrarse bajo los más tornasolados atavíos… ¿Obligará finalmente a debate presidencial a plantear las verdaderas preguntas? Estas preguntas –desempleo, precariedad, desigualdad, pérdida de soberanía popular- se reducen sintéticamente a una sola: la mundialización. La ruptura con las alternancias sin alternativa adopta ahora el simple nombre de “desmundialización”. Nombre simple pero debate complicado, en el cual la discusión intelectual vuelve a dibujar el paisaje político, con sus fracturas inesperadas y sus dudosas recuperaciones, pero siempre contra el sindicato de los intereses dominantes: los que nos quieren aparecer cada vez que se plantea la pregunta “¿a quién beneficia la mundialización?” y que, después de haber luchado para que el debate no tenga lugar, luchan ahora para hacerle decir “sigamos con lo mismo”.

Acrobacias de los propagandistas
Es un trabajo de historiador que requeriría el despliegue completo del abanico de argumentos mundializadotes, desde los más estúpidos (la “mundialización feliz”, que ya tiene, desde este punto de vista, un lugar asegurado en la historia) a los más engañosos, que todavía hoy no han sido abandonados, porque todas las municiones son buenas para salvar lo que pueda ser salvado. Así, por ejemplo, repitiendo el gesto de La mundialización no es culpable de Paul Krugman de 1998 (que todavía no era premio Nobel de Economía), el economista Daniel Cohen, que lo había imitado estigmatizando a los “enemigos de la mundialización”, tiene mucho cuidado en excluir a la financiarización del perímetro de la mundialización; es cierto que nunca fue fácil de defender, y menos todavía desde 2007, entonces la dejaremos prudentemente de lado en este debate.
Se reconocerá en esto un procedimiento típico, en uso durante mucho tiempo en el seno de lo que se podría llamar la izquierda llorona, muy dedicada a seguir mostrándose solidaria con los asalariados sufrientes (finalmente es de izquierda), deplorando con cálidas lágrimas el hecho de que haya desigualdades, precariedad y mucha infelicidad pero decidida, sobre todo, a no vincularse con sus causas estructurales: la liberalización financiera y el poder accionarial, la construcción europea, que ha elegido deliberadamente subordinar las políticas económicas a la disciplina de los mercados financieros, y la competencia libre y no falseada; en resumen: todas esas cosas intocables que implícitamente constituyeron, si nos atrevemos a esta audacia geométrica, la cuadratura del círculo de la razón, es decir, del círculo de aquellos que “quieren estar allí”, el marco de las cosas a decir (contra el infierno de las cosas a no decir) para seguir la tocando la mano del ministro, ser invitado a la televisión, consultado por los partidos (de izquierda y derecha), en una palabra, por las instituciones.
Pero he aquí la crisis que se llevó todo, y la terrible amenaza del ridículo. El infierno no son los otros, ¡son los archivos! Entonces todos reman muy fuerte (pero tranquilicémonos, sin sacrificar nunca lo esencial) para hacer olvidar sus posiciones del pasado: muerta y enterrada la fundación Saint-Simon, la República de las Ideas, Terra Nova y otros hermosos pedazos del aparato ideológico de la mundialización, que no tendrán otros parecidos para organizar el esquive y la deflexión. Queda el hecho de que los recursos discursivos del pasado deben ser revisados. No hablar de ellos fue posible mientras la mundialización no había girado hacia la pesadilla de gran espectáculo. La suerte de los desgraciados se aliviaría, mediante procedimientos exclusivamente internos, y teniendo cuidado de mantenerse siempre en el “marco”, sin cuestionar nada: la reforma fiscal (seguramente útil) y después, sobre todo, la ¡e-du-ca-ción! Se iba a educar a los “perdedores” para hacerlos “competitivos por lo alto”. ¡Ah!, la educación, la economía del saber, la knowledge-based economy que hizo las delicias de la Comisión Europea, un motivo perfecto para descargar sobre los tontos la responsabilidad de volverse empleables y no hablar más de las causas estructurales que destruyen el empleo. Sin contar con sus agradables horizontes, necesariamente de largo plazo (porque es todo un tema formar a los imbéciles), lo que autoriza a no hacer nada en el intervalo. Pero he aquí que se hace difícil no hablar de las “cosas estructurales”, conocidas con el nombre de mundialización, porque sus estragos, tolerables mientras eran silenciosos, de pronto tuvieron el mal gusto de volverse ruidosos.
Ciertamente, es posible esforzarse por mantener algunos argumentos de vieja factura como, por ejemplo, la tesis de la “tecnología”, que sostiene que la desgracia del pueblo no proviene de la mundialización sino de las computadoras -¿ustedes no querrán volver atrás en eso, verdad?, pregunta Pascal Lamy-. Daniel Cohem, que aún mantiene lo que queda de esta tesis –perfectamente adecuada a la tesis de la economía del saber- pone en la cuenta de la productividad por medio de la tecnología, y no en la de la mundialización, las destrucciones de empleos y las desigualdades: porque sólo los bien educados se las arreglan con las computadoras y se quedan con lo reservado a los competentes; los otros, desgraciadamente… Curiosamente, los desafíos de la mundialización (ya reducida a los intercambios) y de la “productividad” que se mencionan como una antinomia (puede ser una, o la otra, y más la segunda que la primera), no se muestras nunca en su posible relación de complementariedad, incluso tal vez de casualidad, porque, al fin y al cabo ¿qué sostiene la loca carrera hacia la productividad sino las formidables presiones de la competencia “no falseada” (con salarios chinos a 100 euros mensuales no se puede decir que la competencia no es leal… ¡Y ya veremos lo que pasa cuando África, a 15 euros, entre en el juego!) y la conminación al aumento permanente de la rentabilidad financiera, expresión del imperio de las finanzas accionariales, o sea eso que podemos llamar mundialización?

El infierno tan temido
El economista Patrick Artus, que en 2008 había anunciado a propósito de la “globalización” que “lo peor estaba por llegar”, se lo pensó después dos veces y ahora dice que sería loco “rechazar la mundialización” con, a falta de un sentido muy firme de continuidad, un argumento pleno de esperanza: ¡”eso” ha sido un poco duro hasta el momento, pero no hay que aflojar ahora porque “eso” pronto va a dar frutos! Esquema neoliberal gastado al máximo pero curiosamente rehecho al gusto del momento, el llamado a la paciencia emocionará sin duda a todos aquellos que recuerdan los quince años de desinflación competitiva sobre la base de ajustes a largo plazo y de paciencia, que iban a dar sus frutos pero que, “al final”, seguimos esperando. Sí, sin duda China terminará por tener instituciones salariales maduras adecuadas para solventar el mercado interno y, de gran exportadora, se convertirá en nuestro gran cliente, pero ¿cuándo exactamente? ¿En diez años? ¿En quince? ¿Hay alguna solución para esperar hasta entonces? ¿O, una vez más, la paciencia va a dar frutos pronto? El quid de la idea es que como China a 150 euros se convierte a su vez en víctima de las dislocaciones hacia Vietnan, a 75 euros, la mundialización no genera un rebote previsible en dirección al continente africano, ¡todavía enteramente por enrolar! Y que romperá todos los precios. ¿Otra vez una última ronda de paciencia de un pequeño medio siglo hasta que África termine su propio recorrido?
Seguramente el desastre actual sacude a los viejos amigos de la mundialización que, al no decidir declararse sus enemigos, experimentan, sin embargo, la necesidad de haber encontrado tan poco para volver a decir. Por una serie de correcciones de trayectorias que debían lograr la contradictoria hazaña de ser insensibles en cuanto tales –no entrar en contradicción flagrante, y menos aún dejar entender que uno podría haberse equivocado- al mismo tiempo que producían efectos reales de reposicionamiento, unos y otros se esfuerzan por encontrar algo para “volver a decir”. Pero sólo lo mínimo y según lo que los acontecimientos en curso permitan, para mantenerse siempre en el centro de la gravedad del discurso legítimo –tal como ahora exige, por ejemplo, el mostrarse firme, al menos de palabra, con las finanzas. Y así seguir “estando allí”. Entonces sí, presionado por el curso de las cosas, Daniel Cohen acepta las reservas sobre el poder accionarial que seguramente había retenido durante mucho tiempo, y Artud se entrega a improbables distinciones entre “mundialización” y “globalización” para salvar lo que se pueda… y también dejar un pequeño resto para criticar. Incluso Lawrence Summers, ex consejero económico de Obama y gran desregulador con el presidente Clintos (1993-2001), admite que los trabajadores estadounidenses tienen “buenas razones” para pensar que “lo que es bueno para la economía global no es forzosamente bueno para ellos”…
Los crujidos del sistema y las repetidas bofetadas de la realidad terminaron por abrir brechas, donde los argumento prohibidos durante mucho tiempo encontraron la forma de resurgir, aunque es cierto que un sistema cuya defensa obliga a sus amigos a la retórica de lo “globalmente positivo” está generalmente más cerca del basurero de la historia que de su apoteosis. Ligeramente desorientado, el economista Elie Cohen constata que “el discurso de la mundialización feliz es difícil de sostener hoy en día”. La palabra “desmundialización”, cuya paternidad se ha convenido en atribuirle al economista filipino Walter Bello se ha convertido, bastante lógicamente, en el significante de un horizonte político deseable para todas las cóleras sociales que la mundialización no deja de hacer nacer. Porque al final de los finales, las cosas son más bien simples: si fuera posible establecer con bastante facilidad un acuerdo para llamar “mundialización” a la configuración presente del capitalismo, debería ser posible otro acuerdo para entender que “desmundialización” expresa la afirmación de un proyecto de ruptura con ese orden.

La izquierda desorientada
Sin embargo, es cierto que hay varias maneras de “romper”. La del diputado socialista Arnaus Montebourg sigue siendo europea: le deseamos tenga suerte con Alemania cuando se trate de volver a someter las políticas económicas  a la disciplina de los mercados y a la independencia del banco central… Un poco a imagen del “efecto Fabius” en 2005 (que tomó partido por le “No” en el referéndum constitucional europeo). Montebourg, candidato en las primarias de un partido “respetable”, le hizo dar indiscutiblemente un salto cuántico de legitimidad al debate sobre la mundialización. Y así hizo audibles discursos que no podían serlo. Como el del economista Jacques Sapir, cuya forma es más radical, porque en el abanico de soluciones que imagina no duda en incluir la opción de la restauración de la soberanía nacional (saliendo del euro) si todas las otras opciones fracasaran.
En este punto preciso es donde el debate se crispa en la izquierda. En efecto, no hubiéramos imaginado que miembros del Consejo Científico de la Asociación por la Tasación de la Transaciones Financieras y por la Ayuda de los Ciudadanos (ATTAC) pudieran alarmarse por la puesta en circulación del tema de la desmundialización, menos aún en los términos de la estigmatización del “repliegue nacional”, que resuenan extrañamente con la habituales fulminaciones del editorialismo liberal, y preparan el terreno de la infamante asimilación al Frente Nacional. Uno queda confundido con esta contribución tal vez involuntaria pero, en todo caso, objetivamente construida, de una parte de la izquierda crítica a las peores desfiguraciones de la desmundialización, y especialmente la que persiste como fantasmagoríaa asediada, el “síndrome de la fortaleza”, en base a murallas y puentes levadizos y de economía antártica. Creíamos reservado al cronista de Figaro, Alexander Adler, la antinomia que sólo concibe a Corea del Norte y la forma “reino-ermitaño” como oposición dialéctica a la mundialización, pero he aquí que las alusiones de los firmantes de ATTAC vienen a alimentar a su vez esta figura imaginaria que una mirada, incluso superficial sobre la historia económica reciente, basta para invalidar.
Porque si llevada a nuestra normas de hoy (por otra parte singular y sintomáticamente desplazadas) la configuración fordista del capitalismo de posguerra tiene todas las características de la desmundialización, uno buscaría en vano las alambradas y las torres de observación, las economías herméticamente cerradas y los proyectos de autosuficiencia. Terrible enfermedad del pensamiento es la del tercero excluido que no concibe más que el mundo mundializado o el infierno de las naciones, pero nada entre ambos, y contra la cual hay que recordar sin cesar la posibilidad elemental de lo internacional, que tal vez habría que escribir inter-nacional para hacerle decir mejor lo que quiere decir: que puede haber naciones y vínculos entre las naciones.
Porque no se sabe que el periodo 1945-85 haya ignorado los intercambios externos aunque, sin duda, el comercio internacional estaba menos desarrollado que hoy… pero no es seguro que esto fuera una tara. Tampoco se sabe que esta restricción, en un régimen de intercambio de nuestras normas de hoy calificarían indiscutiblemente de proteccionismo, haya traído la guerra que nos promete Lamy cada vez que se intenta no sacrificar todo al librecambio; y, catrastófica convergencia retórica he aquí que algunos altermundistas anuncian a su vez que los derechos de aduana “alimentarían la xenofobia y el nacionalismo”, o sea, leído muy rápidamente, el pensamiento de Lamy en su texto.
Así, nos gustaría recordar que la época del “horror nacional-proteccionista” fordista fue un tiempo, sin duda imperfecto, pero de pleno empleo, de crecimiento, es cierto que sin consciencia ecológica, y de paz entre los países avanzados, aunque solo relativa pero, de todas maneras… Tampoco se sabe que, incluso en el mundo supuestamente mundializado, el principio nacional haya sido abolido porque, informemos a los liberales y a los altermundistas, ¡todavía hay naciones! Está China, está EEUU, de los cuales curiosamente nunca se cuestiona su nacionalismo ni sus afirmaciones de soberanía. Esos dos se reirían mucho si les pidiéramos fundirse en conjuntos más vastos. Y, algo aún más sorprendente, esas incorregibles naciones no se hacen necesariamente la guerra, y tampoco nos la hacen a nosotros. Finalmente, tampoco se sabe que las naciones entre las naciones deban concebirse bajo la perspectiva exclusiva de la mercancía, y uno queda algo pasmado de que la lavandina liberal haya terminado por blanquear los entendimientos, hasta el punto de hacer olvidar que trabar un poco la circulación de contenedores y de capitales no impide de ninguna manera promocionar la mayor circulación de obras, de estudiantes, de investigadores, de turistas, como si la circulación mercantil se hubiera convertido en el indicador exclusivo del grado de apertura de las naciones; sólo la mala fe puede adjudicarle a la desmundialización el querer liquidar las “buenas” circulaciones junto con las “malas”.
Ilusoria negación del hecho nacional
Pero, se dirá, ATTAC se deshizo rápidamente de su primera etiqueta “antimundialización”, precisamente para redefinirse como “altermundialización”. Tal vez sea este punto el que marca la línea divisoria de las aguas teóricas, como lo indica la obsesión recurrente de los signatarios de ver “un conflicto de clases transformado en conflicto de naciones”. Partiendo de una cuestión profunda, este enunciado está, sin embargo, destinado a resultar fútil si piensa poder operar la negación del hecho nacional, o más bien, de los hechos nacionales y de las relaciones de antagonismo que se derivan casi necesariamente. Pero otra vez en este caso, y siempre por el mismo trágico efecto del tercero excluido, “antagonismo” es rápidamente entendido como “guerra” y como negación absoluta de relaciones de cooperación que podrían establecerse por otro lado. Salvo si se persigue la quimera de una humanidad enteramente reconciliada, será necesariamente atravesada por antagonismos, y que algunos de ellos se establecen según el trazado de las naciones.
Sin embargo, es muy evidente que no todos los antagonismos responden a la gramática nacional sino también a otras gramáticas, y a veces son transversales, como el antagonismo de clases, por ejemplo. Pero no sería posible retener, entre esas múltiples gramáticas, ¡sólo la de nuestra preferencia! En cuando a saber si una de ellas goza de alguna primacía, es una cuestión que no admite ninguna respuesta general, sino que cada vez está determinada por la configuración particular de las estructuras del capitalismo. Puede observarse que los asalariados chinos y los asalariados  franceses se encuentran en la misma relación de antagonismo de clase, cada uno respecto a “su” capital, pero no es menos cierto que las estructuras de la mundialización económica los ubican también y objetivamente en una relación de antagonismo mutuo, contra el cual ninguna denegación podrá nada. Apelar a la solidaridad de clase franco-china es algo que se origina en un universalismo abstracto que ignora datos estructurales concretos y su poder de configurar conflictos objetivos, es decir, irónicamente todo lo que Marx le reprochaba a los “jóvenes hegelianos de izquierda”: mejor que contar con “esencias” (la “esencia” del sistema salarial o la “esencia” de la lucha de clases) que produzcan por sí solas improbables efectos, sería fantasear con rehacer las estructuras reales, que determinan realmente las (múltiples) relaciones en que entran los diversos grupos sociales.

Antagonismos realmente existentes
Así, en algunos países, las estructuras de las finanza accionariales y de las jubilaciones capitalizadas ponen objetivamente en conflicto a diversas fracciones  del propio conjunto de trabajadores: pensionados (que tienen interés en la rentabilidad financiera) como asalariados (de quienes se la extrae), trabajadores despedidos de un centro de producción contra trabajadores-accionistas del mismo grupo (cuyos títulos se van a apreciar), etc. Resulta absolutamente vano convocar a todas esas personas a solidaridades de clase abstractas contra las estructuras que las destruyen concretamente y que configuran objetivamente sus intereses bajo relaciones antagónicas; en cambio, sería más útil rehacer las estructuras (debilitar a las finanzas accionariales, promover sin cesar la distribución) para crear las condiciones concretas apropiadas para reconstituir las unidades quebradas y, entonces, poder hacer prevalecer una cierta gramática de antagonismo contra los otros.
Igualmente, las actuales estructuras del librecambio y de la circulación de las inversiones directas impiden que se actualicen las solidaridades posibles entre trabajadores franceses y chinos. Tenemos aquí una paradoja desapercibida por los “mundializadotes”, tanto liberales como altermundistas. Lejos de que, como se oye con frecuencia, un proteccionismo  razonado y negociado dañe los intereses de los trabajadores de los países emergentes (señalemos al pasar que en esta discusión, sistemáticamente, la suerte de los trabajadores nacionales es considerada como perfectamente despreciable…), podría se que, al contrario, les permita apresurar, por falta de incitación a apostar todo a las exportaciones, el paso a regímenes de crecimiento más autocentrados, llamando funcionalmente a la extensión y la estabilización del ingreso salarial.
Sólo cuando los trabajadores nacionales se apartan de las relaciones antagónicas a las cuales los condena el librecambio desigual, pueden desplegarse las solidaridades transversales (transnacioanales), haciendo prevalecer entonces la gramática clasista sobre la gramática nacionalista; en resumen, respetar el “hecho nacional” podría ser el mejor medio para dar su oportunidad (internacional) al “hecho de clase” salarial. De la misma manera que la “competencia no falseada” es, en realidad, un proteccionismo disfrazado (y de la peor especie), podría ser que, en contra de lo que creen algunos altermundistas, formas de proteccionismo transparente y racionalmente negociadas tengan bastantes buenas propiedades cooperativas, administrando posibilidades de desarrollo autónomo, aunque (razonablemente) interactuantes, y creando las condiciones concretas para la solidaridad transnacional de clase.
Pero la cuestión de la desmundialización no se agota de ninguna manera en la del proteccionismo (adonde los mundializadotes, liberales o de la izquierda-llorona, querrían limitarla), y, todavía menos en algunos de esos argumentos necesariamente parcelarios. Requeriría más bien entrar en ella no por consideraciones económicas sino por el problema fundamental bajo el cual adquiere verdaderamente sentido, el problema propiamente político de la soberanía y de sus circunstancias posibles, que no se limitan al perímetro de las actuales naciones. La soberanía, como dato fundamental de la vida de los pueblos, aunque en el modo del olvido, es el punto común de todos los defensores de la mundialización, de la cual ignoran sistemáticamente los requisitos más esenciales, como lo prueba el enrevesado concepto de “gobernanza”: “El problema central es en de la gobernanza mundial” repite sintomáticamente Daniel Cohen. ¡No! El problema central es el de la constitución de entidades políticas auténticamente soberanas, las únicas en condiciones de ser dotadas de la fuerza capaz de oponerse a la fuerza del capital. Y cuya negación se mantiene con la quimera de las “instituciones internacionales fuertes”, ese perfecto oximoron que, no obstante, le hace decir a Daniel Cohen que “sin instituciones internacionales fuertes seguiremos en el caos”, que es necesario reescribir: “seguiremos en el caos”. Entonces, si hay un único principio general para gobernar el debate de la mundialización, podría ser éste: no se puede dejar a los pueblos durante mucho tiempo sin soluciones soberanas.
Pero también se podría, en el punto exacto opuesto, llevar la controversia de la desmundialización a una cuestión de identificación convencional finalmente muy simple, bajo la cruda luz de la coyuntura actual. La competencia no falseada entre economías con estándares salariales con diferentes abismales; la amenaza permanente de las deslocalizaciones; la restricción accionarial que obliga a rentabilidades financieras sin límites, tales que su combinación opera una comprensión constante de los ingresos salariales; el desarrollo del endeudamiento crónico de los hogares que es su consecuencia; la absoluta autorización de las finanzas para desplegar sus operaciones especulativas desestabilizadoras, dado el caso a partir de deudas que tienen los hogares (como en el caso de las subprimes); la toma como rehenes de los poderes públicos, conminados a socorrer a instituciones financieras desconcertadas por las crisis recurrentes; hacer recaer el costo macroeconómico de esas crisis en los desempleados, de su costo para las finanzas públicas por los contribuyentes, los usuarios, los funcionarios y los jubilados: la desposesión de los ciudadanos de cualquier influencias sobre la política económica, ahora regulada únicamente según los deseos de los acreedores internacionales, sin importar lo que les cueste a los cuerpos sociales; la entrega de la política monetaria a una institución independiente fuera de todo control político. Todo esto es lo que se podría, mediante una convención de lenguaje poco exigente, decidir llamar mundialialización. De donde se sigue, muy simplemente, que decirse favorable a la desmundialización no es otra cosa, genéricamente, que ¡declarar no querer hacer eso!